La cocina Frankfurt

La cocina Frankfurt fue una innovación para la arquitectura doméstica, y es considerada sin ninguna duda la precursora de la cocina moderna tal como la conocemos hoy en día, concebida como un ámbito independiente y especializado de la vivienda, diseñada para permitir el trabajo eficiente y para ser construida de manera industrializada.

Fue diseñada en 1926 por la arquitecta austriaca Margarethe Schütte-Lihotzky para el complejo de vivienda social Römerstadt en Frankfurt am Main (Alemania), del arquitecto Ernst May. Unas 10.000 unidades fueron construidas a finales de la década de 1920 en esta ciudad.

El hogar del trabajador típico de la época consistía en un apartamento de dos ambientes, en el cual la cocina servía a muchas funciones a la vez: además de cocinar, comía, vivía, se bañaba, e incluso dormía allí, mientras que el segundo cuarto, pensado como sala, a menudo era reservado para ocasiones especiales. En cambio, la cocina de Schütte-Lihotzky era un pequeño cuarto separado, conectado con la sala de estar por una puerta deslizable; así separaba las funciones del trabajo (cocinar) de las de la vida y del descanso.

Comenzada por Catharine Beecher a mediados del siglo XIX y reforzada por las publicaciones de Christine Frederick en los años 1910, la tendencia cada vez mayor de ver el trabajo en el hogar como una verdadera profesión tuvo la consecuencia lógica de aplicar la optimización industrial iniciada por el Taylorismo al área doméstica. “The New Housekeeping”, de Frederick, que estaba a favor de racionalizar el trabajo en la cocina, había sido traducida al alemán con el título “Die rationelle Hauswirtschaft” en 1922, por Irene Witte. Estas ideas fueron bien recibidas en Alemania y Austria, especialmente por el arquitecto alemán Erna Meyer, e influenciaron el diseño de la cocina Frankfurt de Schütte-Lihotzky.

La cocina Frankfurt era una cocina estrecha que medía 1,9 m por 3,4 m. Tenía la entrada en una de las paredes cortas, enfrentada a la ventana. En uno de los laterales se situaba la zona de cocinar, seguida por una puerta deslizante que conectaba con la sala de estar. En el otro lateral el almacenamiento y el fregadero, y delante de la ventana un espacio de trabajo. No había frigorífico, pero sí una tabla de planchar que se plegaba contra la pared.

La disposición estrecha de la cocina no era debida solamente a la escasez de espacio de las viviendas, sino también parte de un diseño consciente para optimizar el funcionamiento de la misma, al igual que los compartimentos clasificados para los distintos ingredientes.

Los frentes de madera de la puerta y del cajón fueron pintados azules porque se pensaba que las moscas evitaban las superficies de este color. Lihotzky utilizó la madera de roble para los envases de la harina, porque evitaba la aparición de gusanos, y la madera de haya para la superficie de trabajo por su resistencia. El asiento era un taburete rotatorio ajustable en altura.

Quizá sea difícil para nosotros imaginarnos lo que supuso en su momento, pero fue sin duda una de esas aportaciones discretas y pegadas a la realidad que, lejos de la frivolidad que contamina hoy día a la profesión, hacen de verdad evolucionar la arquitectura y nuestra forma de vivir.

* Gerd Kuhn,  Die „Frankfurter Küche“ , extracto de “Wohnkultur und kommunale Wohnungspolitik in Frankfurt am Main 1880-1930. Auf dem Wege zu einer pluralen Gesellschaft der Individuen”; Dietz, Bonn 1998,  S.142-176    ISBN 978-3-8012-4085-1
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