Museo de la Cerámica de Triana. Sevilla
El nuevo museo se construye como un gran vacío dentro de la densa trama urbana, un esponjamiento que establece una gran sala de exposiciones en la que se aprecia la antigua estructura de las dos propiedades originales, y en la cual los hornos tradicionales aparecen como piezas rescatadas del pasado y expuestas dentro del Museo como obras de arte que el visitante podrá contemplar.
El edificio reinterpreta la presencia los patios típicos del barrio por medio de unos grandes cuencos revestidos interiormente de cerámica sevillana que se introducen desde la cubierta en el museo, haciendo de ellos el motivo fundamental de su estructura espacial, organizando el nuevo programa en torno a ellos, y otorgándoles una presencia escultórica y relevante dentro del espacio, organizando las salas de exposición más importantes bajo ellos.
Estos patios establecen el patrón de perforaciones y lucernarios de cubierta que a una escala menor permitirán la introducción de mayor o menor cantidad e luz dentro de la sala. De esta manera el museo se establece como un gran espacio unitario articulado por la presencia del mundo superior de lucernarios y volúmenes que bajando desde la cubierta producen un mundo interior de diferentes destellos, brillos, y atmósferas lumínicas.
La cubierta actúa como elemento unificador de todos los programas y usos, y proporcionará la nueva imagen exterior al edificio. Se construye una cubierta plana accesible y ajardinada, perforada por los patios y lucernarios coloridos descritos, y que se pliega levantándose o replegándose hacia abajo para adaptarse a los diferentes límites urbanos de medianeras y fachadas, resolviendo así de una manera unitaria y coherente todos los contactos con las diferentes volumetrías.